Virginia Woolf y la vigencia de las ideas

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Publicado por Laura Cera

Dinero y una habitación propia. Dos elementos con los que, en mayor o menor cantidad y superficie, estamos acostumbradas a convivir. Una mezcla que, en función de las aspiraciones y la realidad de cada una, puede derivar en un equilibrio gratificante o más bien en todo lo contrario. Puede que no siempre se valoren lo suficiente –aunque la pandemia los ha elevado hasta las primeras posiciones del ranquin de prioridades vitales– pero, ¿qué haríamos sin ellos?

En 1929, Virginia Woolf llegaba a la conclusión que, como mujer, para poder dedicarse a la literatura precisaba estos dos requisitos. Dos ingredientes más bien poco habituales en pleno período de entreguerras, al borde de una Gran Depresión y en una sociedad protagonizada y narrada por hombres. Un escenario en el que la autora se alzaba como la excepción de la norma tras recibir una herencia inesperada y tener dos libros en el mercado. Dos pretextos que le permitían algo aparentemente tan asequible como pagar la cuenta del restaurante. Woolf compartió su conclusión en una serie de conferencias que impartió en un par de college femeninos de Cambridge sobre mujeres y ficción. Unas reflexiones que van mucho más allá del poder adquisitivo y los metros cuadrados, que quedaron publicadas para la posteridad en su ensayo “Una habitación propia” (“A Room of One’s Own”).

Portada de la primera edición Una habitación propia de Virginia Woolf, diseñada por Vanessa Bell
Portada de la primera edición Una habitación propia de Virginia Woolf, diseñada por Vanessa Bell

Pocas presentaciones necesita Virginia Woolf, considerada una de las figuras más destacadas del modernismo literario del siglo XX. La gracia es que, casi cien años después, su texto y sus conclusiones siguen vigentes. La doble discriminación, por género y por renta, no ha desaparecido del todo, aunque por suerte cada vez hay más nombres reales y menos pseudónimos en el terreno literario y creativo. Tampoco se han desvanecido las presiones constantes que las mujeres reciben por parte de una sociedad estancada en creencias desfasadas. Que levante la mano quien no se haya sentido juzgada por su entorno porque ha llegado a cierta edad sin pareja. O, por poner otro ejemplo, ¿cuántas veces han dado por hecho que tenéis instinto maternal?


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De acuerdo. Podría haber escogido muchos otros nombres, desde Jane Austen hasta J.K. Rowling, pasando por las hermanas Brönte, Mary Shelley o Agatha Christie. Pero Virginia Woolf me parece interesante no solo por la vigencia de sus ideas, su sentido del humor e inteligencia, sino porque la cronología la coloca en un momento de eclosión.

El movimiento sufragista y el feminismo estaban a la orden del día en una época en que el acceso de las mujeres al mundo académico brillaba por su ausencia o en la que hacía falta escarbar muy hondo para tropezar con referentes femeninos en cualquier campo. Sin embargo, Woolf apostaba por la literatura como esperanza de cambio. A través de sus personajes reivindicaba el poder de la mujer a la vez que criticaba una sociedad misógina y denunciaba un silencio impuesto. Llegó a cuestionarse qué hubiera pasado si Shakespeare hubiera tenido una hermana tan talentosa como él. Pero también puso sobre la mesa conceptos como la libertad, los límites de la mente, el género o la vida interior de las mujeres.

retrato de Virginia Woolf en 1927
Virginia Woolf en 1927

Todavía hay un aspecto más de su vida que me ha convencido para destacarla. Un tema que a veces no recibe el interés que merece. Me refiero a la salud mental, que se ha instalado en primera línea –puede que demasiado tarde– desde que hacemos balance de la pandemia. Woolf nació en Londres en 1882 y murió a los 59 años en Lewes. Woolf se suicidó, se tiró a un río con piedras en los bolsillos del abrigo para librarse del peso de la depresión. También padecía un trastorno bipolar.

Nos harían falta muchas páginas –o minutos de pantalla– para repasar su trayectoria y su legado. Para analizar cada aportación que hizo y cada etiqueta que la historia le ha colgado. Una (nueva) muestra de la importancia y la necesidad de escuchar las voces del pasado para entender y cambiar el presente.


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